Valorar lo que queremos

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Valorar lo que queremos

Cuándo en mis conferencias pregunto  -¿quién de ustedes trabajen sólo por dinero?-, el ochenta por ciento de la audiencia siempre levanta la mano y todo el mundo cree que trabaja por dinero. La verdad es que no es cierto, el dinero es meramente un vehículo  trabajamos no por dinero, trabajamos por lo que se puede hacer con el dinero, trabajamos por el colegio de los chicos, trabajamos por la manutención, trabajamos por las vacaciones, trabajamos por aquellas cosas que tú puedes intercambiar por dinero. Luego entonces el dinero en sí mismo no es un motivador, el dinero en sí mismo no te inspira, no te enfoca, no te alinea y no hace despertar lo mejor de ti. Para ponerlo a disposición del equipo lo que hay que hacer es detectar ¿cuáles son los motivos de acción? La palabra motivación es “motivos y acción”, qué te mueve a hacer las cosas, qué realmente es importante y valioso para ti. El mejor de los autos no es más valioso que tus hijos. Lamentablemente el cotidiano vivir todos los días correteando el ingreso, correteando las metas económicas y la abundancia, ha hecho que nuestros valores permanentes se hagan a un lado, no valoramos lo que tenemos por estar persiguiendo lo que todavía no llega pero ahí está tu pareja, ahí están tus hijos, ahí está tu salud y no les damos el valor extraordinario en nuestras vidas, y no te digo esto como un reproche y el típico “enfócate en ellos”, no.

Si tú tomas estos valores, si tú tomas la inspiración de tus hijos, de tu pareja, de tus padres, de tus afectos, de tus emociones, de la gente que realmente te inspira, de la gente que te mueve; puedes entonces utilizar toda esta emoción de amor, de afecto como una palanca que te inspire y que te proyecte hacia el resultado que deseas y planteas en tu vida.

Nunca las cosas son más importantes que las personas,  hay que acomodar las cosas en su completa proporción. Déjame terminar este comentario compartiendo una historia que es muy aguda. En alguna ocasión un hombre estrenaba su extraordinario coche de lujo, nuevecito, vestiduras de piel padrísimas, blancas, divinas. La criatura, el pequeño de cuatro añitos iba sentado en el sillón de atrás, cuando llegaron a un lugar donde el padre tuvo que ir a comprar unas cosas a la tienda dejó a la criatura ahí, se bajó y dijo –ahorita vengo hijito, no me tardo- cuando regreso la criatura había tomado una pluma y había dibujado con todo entusiasmo un paisaje para papá en las vestiduras del coche nuevo. Por supuesto el padre no tuvo tiempo ni de ver el paisaje, el padre simple y sencillamente fue víctima de su irracionalidad, fue víctima de sus emociones adversas y explotó en un ataque de violencia contra el niño y empezó a golpear las manitas del niño, pero empezó a golpearlas con lo que tenía en las manos que eran un objetos de metal, para cuando se dio cuenta, la gente tuvo que quitarle de encima a la criatura porque él había perdido la razón y había explotado. Por supuesto que la criatura fue severamente lastimada y cuando esto llegó al hospital hubo la necesidad de cortar las manitas de la criatura por tantos golpes que recibió. Al día siguiente cuando el niño despierta de la anestesia y  habla con el papá, el hombre no sabía ni en dónde meterse, la criatura le dice –papito ya entendí que hice muy mal, ¿me perdonas por haber pintado tu coche?- El hombre por supuesto llorando, conmovido, arrepentido –por supuesto, no importa mi coche hijito, claro que te perdono-. Y entonces la criatura con toda ingenuidad le dice –si me perdonas, entonces ¿me devuelves mis manitas?-.

Estos minutos utilízalos para entender qué vale y qué tiene valor. Hay cosas, hay personas en tú vida que valen.

Piensa, reflexiona y actúa

Helios Herrera

 

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