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Despacito

¿A dónde vamos tan rápido?, no pude sacudirme (por alguna extraña razón) al conejo marcero que vive en el maravilloso país de Alicia; hace un par de días que su imagen, con todo y su reloj viejo asaltan a mi cabeza apurándome: “se hace tarde”… “se hace tarde”.

Sin saber claramente hacia a donde vamos, cada día se nos hace tarde para llegar. Pareciera que el asunto es llegar, no importa a donde… llegar. Claro que al no saber hacia donde íbamos, nunca estamos completamente seguros de haber llegado.

Así pues,  el que cree que el éxito es sólo dinero, nunca sabe bien a bien cuánto se necesita acumular para saberse exitoso, lo mismo que el promiscuo nunca encuentra a la persona adecuada al no saber cómo debe ser para él (o para ella) el modelo que esta buscando, el metrosexual nunca acaba de verse bien, el ejecutivo nunca termina por estar satisfecho.

Visto desde lejos no es tan malo vivir así, finalmente se acumula en el intento mucho de o que se esta buscando, el asunto es que por un lado nunca se esta satisfecho con lo que se tiene, y por el otro tampoco se disfruta al 100% lo que se ha acumulado con tanto esfuerzo.

Permíteme dibujarte un ejemplo: la próxima vez que vayas a un restaurante observa por unos momentos a los demás comensales: encontraras que la mayoría de la gente con sobrepeso (aun moderado) nunca suelta el tenedor entre bocado y bocado; mientras mastica esta preparando el siguiente y así sucesivamente, casi el único momento en que deja los cubiertos en la mesa es entre plato y plato y a veces… ni eso, sigue “picando” de algo en lo que llega el siguiente plato.  Si este tarda mucho en llegar se molesta ya que  -como digo cuando a mi me pasa- “se pierde la continuidad”.

Y es que pareciera que el disfrute de la comida es la cantidad, y ¡que bueno! que podamos administrar la abundancia, pero no reparamos en el disfrute, en el deleite que cada bocado podría obsequiarnos si tan sólo le diéramos el tiempo adecuado. Por supuesto que comeríamos menos (y engordaríamos menos) si pausaramos un poco, pero, paradójicamente, disfrutaríamos más.

Cada bocado de vida trae consigo millones de sabores, sin fin de satisfactores que no alcanzamos a valorar por estar acumulado vertiginosamente cantidad de bocados.

Fijar el rumbo es vital para establecer el fin  final, pero no sólo para llegar, sino para estar suficientemente desocupados en cubierta como para confiar que el barco va sobre latitud correcta y disfrutar del paisaje.

Parece ser que esta prisa por avanzar sin siquiera definir la meta se ha convertido en una constante en todas las facetas de nuestra vida.  Cuando fui a ver la obra de teatro “Los Monólogos de la Vagina” no pude más que carcajearme al escuchar el más corto pero claro discurso que le grita la vagina al mundo: “ d-e-s-p-a-c-i-t-o”.

Un buen amigo que me propuso alguna vez hacer un nuevo amigo por año, en su cumpleaños 75, éramos más de 500 los asistentes a su fiesta, en una platica posterior me dijo: a mi edad –hijo- te puedo garantizar que el éxito es la cumbre, pero la felicidad el paisaje de camino.

Sea cual sea tu definición de éxito, te invito a acumular todo aquello que puedas disfrutar, pero más aún,  a disfrutar todo aquello que acumules.

Piensa reflexiona y actúa…

 

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