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De lo Sublime a lo Ridículo

En mi experiencia, de 20 años, ofreciendo conferencias en miles de convenciones, congresos y viajes de incentivo, donde el formato puede cambiar  en muchas ocasiones se trata de talleres presenciales con dinámicas de alto impacto, otras veces una tanda de ejercicios vivenciales para cohesionar y construir al equipo y otras más se trata de una participación motivacional en el auditorio o durante la plenaria de clausura.

Pero el objetivo siempre es el mismo: hacerle saber al colaborador que ES importante para la empresa, hacerle ver que su actitud, entrega y compromiso puede hacer la diferencia en los resultados tangibles de la corporación, invitarlo, de una manera o de otra a ser mejor persona y redundar así, en mejor colaborador.

En ocasiones, el programa es aún más osado, y relaciona los valores y filosofía de la empresa con estrategias humanísticas que nosotros implementamos en los grupos con maneras masivas, haciendo “vivir la filosofía” de la empresa en el evento e implementándola en el día a día a través de programas de seguimiento.

El punto está claro, en una época completamente orientada al resultado, donde la tecnología y la globalización hacen de la competitividad el pan nuestro de cada día, la carrera se gana más con las habilidades humanas del piloto que con los estándares tecnológicos del auto.

Después de lanzar sendos estímulos de valores y alineaciones sublimes de humanismo, después de citas y citas para definir estratégicamente cada detalle de cómo debemos impactar a la audiencia para que ésta perciba que su empresa se preocupa por su desarrollo, durante el evento la audiencia baja sus defensas y de a poco se logra trasmutar la apatía y mediocridad de la rutina diaria en un acto de sensibilización que gesta, en el mejor de los casos la consciencia de que debemos mejorar nuestra conducta en pro de mejorar nuestra calidad de vida, de menos, la promesa de mejorar la actitud que interviene en los resultados tangibles del negocio en aras de conservar el empleo.

Al final, la catarsis colectiva genera también vivas y porras dejando siempre una sensación de éxito, de vinculación, de certeza en que, verdaderamente, los valores y compromisos asumidos darán rumbo cotidiano para mejorar las cosas.

Horas después, lo poco o mucho ganado en la sensibilización de valores suele perderse por completo en sendas borracheras patrocinadas, por supuesto, con cargo a la misma empresa que horas antes trataba de convencernos vía voces internas o externas de que tenemos que ser mejores seres humanos. Y es ahí donde ya no entendí.

Es entonces cuando hago esta pregunta: ¿Porque debe la corporación no sólo permitir, sino hasta patrocinar semejantes cuadros de vejación y auto humillación? Si es bien sabido que muchas personas no tendrán autocontrol para simplemente abstenerse o limitarse en su consumo de alcohol. ¿Por qué exponer a todas las y los colaboradores que simplemente no beben o no se exceden al ridículo y procaz cuadro de ver a sus compañeros, si no es que incluso de sus líderes en niveles de autodegradación tan absurdos? ¿Por qué en la convención y por qué bajo el cobijo y auspicio de la empresa?

La respuesta es casi siempre la misma: “Que si es la fiesta del año”, “que si la fuerza de ventas está acostumbrada”, “que si no hacemos la fiesta así, la convención es un fracaso”, ¿y quién será el que se atreva a romper ese paradigma?

No, no soy puritano ni persignado, simplemente no me queda claro cómo es que esperamos un poco de retención respecto a la información que compartimos a la audiencia en viajes súper cargados de agenda, con pocas horas de sueño y encima con fiestas de tal magnitud. Como tampoco me queda claro —perdón que lo reitere—, el esfuerzo de sublimar la tarea cotidiana y enarbolar banderas de compromiso y filosofía que deben ser después levantadas del piso por sobrecargas etílicas.

Nada se perdería, estimado organizador del evento, si se limitara el consumo del alcohol en la fiesta, si se lanzara un mensaje claro y limpio: “La empresa no te patrocinará una borrachera, con gusto y clase brindaremos por los éxitos del año que termina y la alzaremos también”, ¿y por qué no? diciendo: “Esta copa es para desearnos mutuamente el mejor festejo y éxito para el año que viene”, pero de ahí a permitir, patrocinar o fomentar excesos innecesarios patrocinados por la misma institución que nos instruye filosofía e insta al compromiso, no.

La solución es sencilla: festejemos con cierto límite y una vez terminado el evento, quien quiera —con cargo a su bolsillo— siga su propia fiesta bajo su expresa responsabilidad. La empresa organizadora se ahorraría así dinero, muchas inconveniencias con el hotel, explicaciones e incomodidades con el equipo y en ocasiones, hasta responsabilidades legales.

Dicho sea de paso, el mensaje proactivo y limpio de los líderes y los programas de sensibilización, filosóficos y de valores, serían mucho más efectivos al no ser mancillados por nosotros mismos en un acto tácito de incongruencia.

¡Piensa, reflexiona y actúa!

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